domingo, 9 de septiembre de 2012

Sobre lo femenino y lo innombrable

Lo femenino se entrelaza con lo innombrable cuando es encarnado a través de la mirada de un otro-extraño. Ese otro, al intentar acercarse, se aleja; al procurar capturarlo, termina perdiéndolo. No puede descifrarlo porque no lo conoce, sólo lo percibe, como al movimiento invisible de las almas, a través de los sentimientos.
Toda obra es un retazo de la biografía de su autor. Inevitablemente, hay un momento, un lugar, una experiencia que escapa a la conciencia del artista para dejar su huella, muchas veces, apenas perceptible.
La huella autobiográfica se disfraza, se oculta. Se cuela a través de la mano que simula operar mecánicamente: circunstancial herramienta.
Pero esa huella esta ahí, al final del trabajo concluido, para expandir el sentido.
Hay una idea en Rilke: para escribir un verso verdadero, es necesario haber tenido experiencias profundas, intensas; y no basta con conservar únicamente recuerdos de ellas, sino que es fundamental saber olvidarlas por completo para que se hagan carne en el propio cuerpo. Sólo así, advierte, es posible un verso verdadero.
Sólo así, ¿por qué no?, es posible el arte verdadero.
Buscar el origen de una obra es sumergirse en las zonas oscuras de la sensibilidad de un artista. Zonas veladas, pero también siniestras: al abrir la puerta y comenzar el descenso, quizá lo único que se encuentre sea un inmenso vacío, pues aquello que guardan no debe ser visto. Aún así, el perseverante tal vez se contente con atisbar los rasgos de aquellas cosas alguna vez tan vívidas, tan conocidas, y que sin embargo ahora resultan ajenas. Cosas que, en el caos de ese submundo, han perdido su forma y su rostro; y, lo que es peor aún, han perdido su nombre.
El arte se revela, entonces, como una forma de nombrar lo innombrable.
Cada obra tiene su tiempo: un fluir inevitable. Amor y dolor son dos fuerzas movilizadoras que conviven dentro del hombre, oponiéndose y atrayéndose de manera constante, hasta terminar siendo la misma cosa. De la mano creadora, que sólo actúa pero no se detiene a cuestionarse, manan como un llanto o una risa.
Porque resistirse sería abandonarse, consumirse lentamente.
Y es en el final cuando hay algo que se declara, señalándose victorioso, y que sin embargo no es más que una masa de palabras vanas: al ser pronunciadas, se clausuran a sí mismas.
Quizá, para algunos sea necesario comenzar a abrir preguntas, aventurar posibles respuestas, innundarse de esas palabras y ocupar con ellas la sala y el silencio; pero será precisamente en ese momento cuando el artista, de pie frente a la interrogación sobre el sentido, pida a gritos con las palabras de Fellini: “no me digan qué estoy haciendo; no quiero saberlo”.

Texto escrito para la muestra "Lo femenino y lo innombrable", de Sebastián Miale. Se la puede visitar en el Centro Cultural Carlos Gardel, Olleros 3640, de lunes a viernes hasta el 17/09/2012.




jueves, 16 de agosto de 2012

Fragmento

Cada sorbo de vino era un disparo contra la noche que se prolongaba, no sólo en las horas marcadas por el reloj colgado en la pared, detrás del mostrador, sino también en el espacio: en las mesas y los cubiertos tintineantes, en los pliegues de los rostros masticando. Vi su corazón derramarse sobre el mantel: manchas de vino tinto.
Entonces dije:
-Debo hacerlo.
Pero no pronuncié palabra. Y me entregué.
Por haber matado a un hombre.

martes, 13 de septiembre de 2011

El libro "Tinta sobre tela, óleo sobre papel"...


Muchas gracias a todos los que nos acompañaron, a mí y a Sebastián, en la presentación del libro. Pronto estará en algunas librerías a la venta.
Para conseguirlo pueden contactarse conmigo a boyepablo@hotmail.com, o con Sebas (su blog es www.sebastianmiale.blogspot.com).
¡Esperamos que lo lean, lo disfruten y lo divulguen!

viernes, 29 de julio de 2011

Fragmento con dedicatoria implícita

Me asomo, espío entre las figuras que se funden en la oscuridad y van mutando, con una mano entorno suavemente la puerta y entre las sombras descubro una lucecita que tirita o baila, una pequeña estrella que se desliza por el aire espeso; descalza, brilla como una luciérnaga en una noche que podría ser todas las noches; desnuda, se estremece con un soplo que le susurra en el cuello.

De a poco, entro en la habitación sin rozar el suelo, flotando en una nube de terciopelo mojado. El tiempo se detiene de a ratos, me abriga un aroma a frutas rojas y el azúcar se me impregna en el cuerpo. Sigiloso, me acerco y alcanzo su mano; inexplicablemente me asalta una sensación extraña: hay algo que se mueve en el aire, una música entre los dos. ¿O serán nuestros pensamientos que se chocan como dos mariposas borrachas volando en opuesta dirección? Mi mano sube por su brazo, por su hombro y se adormece en su mejilla; un calor rosado invade mis poros y siento ganas de abrazarla. Mi deseo se confunde con su risa, las palabras estallan perplejas en mi boca; prefiero la mudez de nuestras respiraciones, el silencio de nuestras caricias. Noche oscura de palabras amputadas, que se carga de sentido a cada paso que damos. La música invisible hace de concierto y nos guía.

Me acerco más y más, con certeza felina, hasta que las distancias revientan en un estallido cósmico, casi inverosímil, y el sabor de su boca me llena de vida, de tardes verdes bajo el sol y de amaneceres surrealistas. Sus párpados cerrados como dos lunas menguantes. Su boca, húmeda, que se deshace en mi boca. No es el tiempo el que se detiene de a ratos, somos nosotros los que fabricamos nuestro propio tiempo, que se hace ceniza entre los dedos.

Nada más importa, somos dos o somos uno, somos uno y nos une la noche, cómplice y testigo, confidente y delatora, la noche nos oculta y nos ostenta. La sangre se agita, los corazones desesperan, se confunden en un mismo canto de tambor y nosotros, inviolables, ya no pertenecemos a ningún sitio, sólo a aquél que construimos para nosotros mismos.

Una lucecita se estremece y baila en mi habitación oscura. Es de noche. Esa lucecita sos vos.

Y la eternidad, propia del mar o del cielo, hoy cede y se recuesta en tus ojos.

lunes, 18 de julio de 2011

Palabras al tiempo

¿Eres tú, pequeña paloma
que recoge las migajas del tiempo?
¿Eres tú, avecilla blanca del día?

El tiempo,
insólito valle
de vegetaciones ocultas,
impredecibles flores
que se arrojan a un vacío
de ese abismo sin consuelo.

El tiempo,
cósmico mar
que arrasa castillos
de arena y de sueños.

Desarma tu cuerpo y hazlo tiempo.
El alma se pierde,
los ojos se encuentran,
toca el tiempo con tus dedos,
paloma mía,
y has de él un haz de luz ciega.

Viento
eres tiempo que se esparce.
Lluvia,
tiempo que regresa de otros tiempos.
El corazón clama al tiempo cobarde que no llega,
tema inagotable, filosa
curva de sable eterno.

Eco,
tiempo vano que imita otro tiempo.
Agua,
tiempo desnudo
que muere y resucita
en cada fracción,
en cada hoja que te surca,
en cada piedra que se duerme en tu honda profundidad.

Tiempo rebelde,
perro tiempo
se persigue la cola.
Memoria del cielo,
artesano del hombre.
Vida muerte
vida y resurrección.
Descansa en su cuna de ruinas
el tiempo dormido.
Se agota y despierta en cada campana,
vivido tiempo.

Sueño
eres todos los tiempos juntos.
Fuego
eres tiempo que se eleva.

Habla, canta,
pequeña paloma blanca,
que los muertos hacen del tiempo
el gran silencio,
como el olvido,
que es la muerte más desleal.

Amor
eres tiempo que se enreda.
Guerra,
tiempo que se va.

Tiempo que escribo y muere en cada palabra,
la escritura lo detiene y la voz lo pone en marcha.
Deliran los relojes
sin rumbo,
estallan los segundos en la tinta.
Eres vino imbebible, tiempo,
arcilla rala.

No hay verdaderas palabras para ti,
soberbio y embustero.
de todas huyes y a todas atrapas.
No eres río,
¿quién te engaña?
Vas y vienes
marea brava.

Y tú descansa, mansa paloma,
que no te aflija ni atormente mi silencio.
Cierra los ojos, suaves lunas, pues
hoy mi pecho es tu refugio contra el tiempo.

martes, 27 de julio de 2010

Anhelo de ingenuo

a vos, donde quiera que estés...

Me hice piedra para no llorar
Me hice llanto para ser del viento
Me hice aire para no escuchar
Me hice grito y me abrazé al silencio

Te hice sueños
Te hice palabras
Te hice tiempo inmortal

¿Quién escapa a esa garra sin nombre
a esa sombra sin dueño
a la amante desleal?

¿Y si robare un cristal a la luna
que te refleje en mi sábana azul?

Hoy, eres mi sueño de diamante
Dibujo tu voz en el aire
y tu risa en los espejos.

Hoy, te cubre un velo cristalino
una ternura de gorriones
en un nido de algodón.

¿Y si robare un destello al sol
y adornase con él tu cuello?
El mundo sería todo poesía
o todo canción.

Ahora pintarás nuevas estrellas
Nubes de óleo y esferas de azahar
Y un rubí, en secreto, para los cómplices
Sabedores de la inclemente verdad

Nada es tan frágil como el tiempo que nos queda

sábado, 29 de mayo de 2010

Ternura divina

Se busca en los incontables espejos del cielo, en los charcos de agua blanca, en los ojos de una niña inocente.
Se pierde en el sueño de un ave cansada, entre las líneas que unen los soles, sobre las ruinas de ciudades sin tiempo.
Se entrega al canto que entonan los mares con sus mil lenguas de espuma y sal.
Se sueña entre las manos y dedos del aire, que lo acarician con suspiros de fuego.
Y llora (la lágrima de los inmortales). Aúlla (la rabia de los condenados). Ríe (la risa de los indigentes).
Y se da cuenta, al fin, que la soledad es el precio de haber creado el mundo.